EL SER HUMANO DESDE LA FILOSOFÍA CLÁSICA

1.EL SER HUMANO EN LA ANTIGÜEDAD.

"Nada hay tan maravilloso como el ser humano". Así expresaba Sófocles en una de sus tragedias su admiración por la humanidad. ¿En qué basaba su admiración? Para Sófocles, como para la mayoría de filósofos griegos, el ser humano es admirable porque es un ser especial: forma parte de la naturaleza, pero es diferente al resto de los seres naturales.

En primer lugar, porque es el único animal que piensa y habla, se preocupa por buscar la felicidad y trata de comprender el mundo que le rodea. Es capaz de analizar la naturaleza de las cosas y buscar la verdad; pero también es capaz de preguntarse por el más allá, inventar almas inmortales y poblar el cielo de divinidades semejantes a él, aunque infinitamente poderosas.

Por otra parte, ha sido capaz de crear un mundo artificial, hecho de normas, costumbres y creencias, que le ayuda a sobrevivir y orientarse. Ese mundo artificial, la sociedad (polis), es donde el ser humano encuentra su acomodo y adquiere la categoría de ciudadano. La mentalidad griega ve también en la polis el lugar donde el ser humano puede llegar a ser feliz. Para ello, hay que lograr una vida armónica, viviendo con moderación, buscando la virtud en el punto medio, evitando los excesos.

2.EL SER HUMANO PARA PLATÓN.

La filosofía platónica es el punto de arranque filosófico de la visión dualista que ha impregnado durante siglos la cosmovisión intelectual y la creencia común sobre la naturaleza humana. El objetivo que Platón persigue es llegar a una definición objetiva y universal, desde el plano de la physis, acerca de la naturaleza humana. Su teoría nace para defender esa perspectiva- que también sostenía Sócrates- frente a la perspectiva del nomos, que defendían los sofistas.

Los sofistas defendían el carácter subjetivo y variable de la naturaleza humana. Así pues, no existe nada absoluto, es decir, no hay estabilidad ni esencia en la realidad: todo es cambio, variación y convención. Este enfoque relativista era la conclusión lógica de las observaciones de Herodoto acerca de las distintas formas de vida de los distintos países y pueblos. Por tanto, el reino del nomos que defendían los sofistas era pura arbitrariedad, convención y capricho. Incluso algunos pensadores, como Gorgias, declaraban que el mundo en sí, o sea, la propia physis, era incognoscible.

Platón quería superar ese escepticismo ético y físico y ofrecer estabilidad al mundo ético del nomos. Para ello, era preciso asegurar una naturaleza humana invariable y eterna en el reino de la physis. Para cumplir ese objetivo, Platón ideó un sistema dualista.

Ese sistema dualista se basa en dos mundos. Uno lo conocemos a través de los sentidos, y es sensible y variable. El otro lo captamos a través de la razón, y es inteligible e inmutable. Recogiendo elementos de la religión órfica a través de Pitágoras, Platón aplicó el dualismo para explicar la naturaleza humana y lo ejemplificó a través de tres mitos: el carro alado, el de la caverna y el mito de Er. En ellos se explica cómo el ser humano, ese "bípedo implume", es un ser compuesto por dos realidades antagónicas: el cuerpo y el alma. El cuerpo es una realidad perecedera, fuente de error y del mal moral, mientras que el alma es una realidad inmortal.

*Mito del carro alado. En el Fedro, se relata cómo un auriga guía una pareja de caballos alados: uno blanco, hermoso y bueno; otro negro, feo y malo. Por ese motivo, la conducción resulta difícil. Cuando el auriga es poderoso, el carro vuela por las alturas, pero si los caballos pierden las alas, el carro es arrastrado hacia abajo, hacia la tierra. Cuando el alma cae a tierra, queda encerrada en una "tumba" (sema), es decir, en un cuerpo (soma), como "la ostra en su concha" según la imagen que usa en su obra Fedro. Solo recuperando la fuerza de las alas se podrá elevar de nuevo hacia el lugar donde habitan los dioses, lugar en el que todo es bello, sabio y bueno. El deseo de alcanzar ese lugar es lo que favorecerá que crezcan las alas.

El mito del carro alado tiene como función básica, entre otras, explicar cómo el alma humana participa, por una parte, de la excelencia de la naturaleza humana- la razón representada por el auriga, que debe guiar la conducta humana- y, por otra, de la naturaleza terrenal, pasional- representada por los caballos-. Intenta, además, dar explicación de la tensión entre la razón y el deseo y cómo este debe estar subordinado a aquella. Esa alma o psyché es la fuente del conocimiento verdadero, gracias al recuerdo de los modelos o arquetipos de las cosas sensibles que había contemplado en el mundo de las Ideas antes de su caída en la Tierra. Esta teoría, denominada "teoría de la reminiscencia", exige no tanto la inmortalidad del alma sino, sobre todo, su preexistencia.

*Mito de la caverna. Es una alegoría de la situación en que se encuentra el ser humano respecto al conocimiento, que platón representa en el libro VII de la República. En el relato se narra cómo unos hombres, prisioneros desde su nacimiento en una gruta, encadenados de pies y manos, y de espaldas a la entrada de la cueva, solo pueden ver lo que se refleja en la pared del fondo de la caverna. Por única iluminación tienen el pálido brillo de una hoguera detrás de ellos. Las sombras que observan son las imágenes borrosas de los objetos y personas que transitan fuera de la cueva. Uno de los prisioneros logra liberarse, con esfuerzo, y salir de la cueva. De esta forma, conoce el verdadero mundo real. Con el fin de librarse a sus compañeros, vuelve a la gruta. Les revela la existencia de ese mundo fuera de la cueva, además de ofrecerles ayuda para romper sus cadenas y ver así la verdadera realidad. Sus compañeros se ríen y se mofan de él.

Los prisioneros y su estado inicial simbolizan a los seres humanos y su errado conocimiento de la realidad. Lo que suponen como verdadero es aquello que captan por lo sentidos. Pero esas imágenes no son más que sombras, apariencias, de la verdadera realidad.

Esta se sitúa fuera de la caverna. La verdadera realidad estaría representada por el mundo de las Ideas, iluminadas por el Sol- imagen de la idea de Bien- y captadas por la razón. El prisionero liberado y con intenciones de libertador simboliza al filósofo.

*Mito de Er. Este mito se encuentra al final de la República y representa la exposición más meditada de la filosofía de Platón. El relato narra cómo diez días después de una batalla, el cuerpo de Er no muestra signos de corrupción y vuelve a la vida para relatar lo acontecido. Su alma había abandonado su cuerpo y en un bello lugar se encontraba dos aberturas en la tierra y dos en el cielo. Tres jueces pronunciaban las sentencias correspondientes a cada alma. Todas las almas se reencontraban y relataban lo vivido. Después, se elegían nuevas vidas: desde la de tiranos poderosos a la de animales o a la gente común. La cuestión problemática era qué vida elegir. En el relato se simboliza la idea de que la muerte es un tiempo de justicia: los que han vivido rectamente son premiados. Se afirma, pues, la idea de que la vida justa es mejor que la injusta. Además, representa una nueva oportunidad para poder elegir una vida virtuosa. Finalmente, se apunta que el destino futuro de las almas depende de su libre elección.

3.EL SER HUMANO EN ARISTÓTELES.

Aristóteles (384-322 a. C.) sostiene que el ser humano es una ser físico y biológico que, al igual que las plantas, tiene un alma vegetativa, y, como el resto de los animales, un alma sensitiva. Todas sus actividades como ser vivo están adaptadas a una determinación superior; así lo indican las manos, los instrumentos del habla, el tamaño de su cerebro. Sin embargo, lo propio del ser humano es tener un alma racional, lo cual le permite hablar, razonar y distinguir el bien del mal.

A diferencia de Platón, Aristóteles no concibe las almas de los vivientes como "algo distinto y escondido en los cuerpos" que pueda separarse de ellos, sino como un tipo de facultad o función de los organismos. Así, en las plantas, el alma explica que sean capaces de nutrirse y reproducirse; en los animales, que huyan del dolor y busquen el placer; en el humano, que seamos capaces de hablar y pensar. Aristóteles no cree posible aislar el alma vegetativa, es decir, lo que mantiene viva a una planta, del resto de la planta, ni separar el alma sensitiva del cuerpo del animal. De la misma manera, la facultad de hablar y pensar, el alma humana, no puede existir al margen del ser humano competo, que es quien la hace posible.

Así pues, para Aristóteles, el ser humano es una unidad sustancial es decir, una única realidad en la que podemos distinguir, pero no separar, dos sustancias: el alma y el cuerpo. Gracias a su condición racional el ser humano puede hablar, pensar, juzgar, admirarse por las cosas que le rodean, hacerse preguntas e investigar el porqué de todo. La razón y el lenguaje constituyen las facultades específicamente humanas, y lo propio del hombre es vivir conforme a ellas (por ello, decimos que el hombre es un animal con logos porque el logos es la palabra, la razón y medida o proporción).

Otro punto en el que Aristóteles se opone a su maestro es en la creencia platónica de que la naturaleza humana se realiza y alcanza su plenitud en la vida eterna e incorruptible del mundo de las Ideas.

Para Aristóteles, el cenit de la vida plenamente humana está en el conocimiento contemplativo de la realidad. Este tipo de conocimiento promueve una ética de moderación y equilibrio.

Además, el ser humano es sociable por naturaleza (el ser humano es un animal político y, como tal, su ser se establece en comunidad con otro) y, gracias a la razón y al lenguaje, puede establecer lo que es justo e injusto, y descubrir las formas de vida más virtuosa. La virtud humana consiste en seguir el juicio recto de la razón, que nos indica cómo actuar para ser más libres, sabios y felices. Sin embargo, no siempre seguimos los dictados de la razón. Por lo tanto, la virtud debe ser enseñada y aprendida, y la sociedad debe crear las condiciones para que podamos practicarla y vivir conforme a nuestra naturaleza. Según Aristóteles, el ser humano sólo podrá realizarse como tal si la polis, a través de sus leyes, costumbres y tradiciones, nos proporciona un entorno adecuado.

4.EL SER HUMANO EN LA ÉPOCA HELENÍSTICA.

El período helenístico comprende desde la muerte de Alejandro Magno (323 a. C. hasta la incorporación de Egipto al Imperio romano hacia el 30 a. C.). El helenismo, o la expansión de la cultura griega hacia oriente (Persia, Mesopotamia, Egipto y el norte de la India), significa el final de la época clásica griega. Desaparece el marco social y político, la polis, junto con su sistema de valores.

Hasta la desaparición de la polis, el ser humano se entendía integrado en el marco general de una comunidad política, como un ciudadano: el individuo se identificaba con la polis, el bien de la polis era el del individuo, el individuo no podía ser feliz y vivir humanamente al margen de la polis, la moral, la religión, las costumbres, las leyes... eran las de la polis. Con las conquistas de Alejandro Magno, las pequeñas ciudades-estado van desapareciendo para ser asimiladas en un gran imperio con una pluralidad de culturas, costumbres y de creencias. También desaparece la conciencia de sentirse miembro de una comunidad política, y el ciudadano de la polis (polites) se convierte en ciudadano del mundo, esto es, en cosmopolites. Sin marcos de identidad, el ser humano se descubre como "individuo", esto es, como un ser único y aislado en medio del mundo, una partícula más del cosmos. De ahí la necesidad de buscar sentido para la propia vida.

No es, pues, de extrañar que durante esta época florecieran un conjunto de doctrinas que ofrecieran, cada una a su manera, un horizonte donde poder sobrevivir. Cada una de estas doctrinas, ligada a la figura de su creador, ofrece la posibilidad de hallar la felicidad, no ya colectiva, sino individual, dentro de lo que califican como la serenidad de espíritu o ataraxia.

Una de estas doctrinas, el cinismo, proclamaba que había que devolver al ser humano a su naturaleza original, esto es, a la forma de vida simple y espontánea de los animales, y que tanto las leyes como las convenciones sociales habían desfigurado. Se dice que el fundador del Cinismo, Diógenes de Sínope(404-323 a. C.) se paseaba por la ciudad de Atenas, a pleno sol del día, con un candil encendido y que respondía a todo el que le preguntaba:"busco al hombre". Según Diógenes, el hombre auténtico se había perdido en la maraña de los convencionalismos sociales.

Otra de estas doctrinas, el epicureísmo, defendida por Epicuro (341-270 a.C.) y su escuela, constituye un modelo de antropología monista y materialista. Epicuro entendía que todo lo que existe está formado por átomos materiales y que, por tanto, el ser humano también es un conjunto de átomos. El cuerpo son átomos y el alma también. El alma, que es inseparable del cuerpo, muere con este. Pero sus átomos no desaparecen, sino que pasan a formar parte de otros cuerpos y de otras almas. Los individuos son y dejan de ser. Solo los átomos son eternos. Para Epicuro no existen los dioses, tal como los concibe la gente vulgar, ni las almas descarriadas, ni la inmortalidad. Todo es materia, sin más. De modo que la vida humana se interpreta como una realidad breve y efímera, de ahí que la mayor urgencia consista en vivir bien: huir del dolor y buscar el placer, siguiendo las tendencias necesarias y naturales.

El estoicismo es una de las doctrinas que más aceptación tuvo durante todo este período. Se inició en Atenas, en el siglo IV a.C., con Zenón de Citio(334-262 a.C.) pero se extendió posteriormente por todo el imperio romano, donde gozó de popularidad gracias a personajes tan ilustres como Séneca(2 a.C.-65), Epicteto(55-135) o el emperador Marco Aurelio(121-180). Para los estoicos, el ser humano es una parte del cosmos, con el cual debe vivir en armonía. Vivir en armonía con el cosmos significa conocer este vínculo con la totalidad y someterse a ella, ajustando la conducta persona al orden universal y aceptando resignadamente que cuanto nos sucede está gobernado por la divina providencia. Justamente en el reconocimiento de esta relación con el cosmos radica la virtud, la libertad y la felicidad humanas.

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

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